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Episodio 3 (I). La acusación de Sócrates, o de cuando la ley no sabía qué era la impiedad

Una mañana de 399 a. C., tres ciudadanos acusan de impiedad al filósofo más célebre de Atenas por un delito que ninguna ley definía. Este episodio —el primero de dos— va de cómo empezó el juicio más famoso de la Historia.

“Está de pie, descalzo —como siempre— sobre el suelo de piedra”. (Imagen creada con IA).

El sol de la mañana de primavera en la Atenas del año 399 a. C. todavía no calienta, pero la incisiva claridad que ya se extiende sobre el Pórtico del Arconte Rey (la Stoa Basileios) crea un llamativo contraste entre los colores que visten las estatuas que coronan el tejado y el estuco blanco que cubre las columnas. Contemplando la límpida belleza de la mañana, nadie podría sospechar que ese día quedaría marcado para la Historia con un lúgubre suceso. Allí está a punto de ser acusado de impiedad el hombre al que el oráculo de Delfos había declarado el más sabio de todos. 

Ante el arconte rey

Para quien deja atrás la diáfana claridad de la plaza y penetra en el Pórtico, el reducido espacio del interior se vuelve más incómodo de lo que en realidad es. Sentado tras una mesa de madera de olivo, ocupando el sitio principal, está el arconte rey. Viste una pulcra túnica de lana, sus ancianas manos sostienen una tablilla de cera y su rostro cansado demuestra el hastío que le provoca gestionar otro molesto trámite entre conocidos ciudadanos atenienses. Meleto presentará formalmente, bajo juramento, los cargos por impiedad que Sócrates ya conoce, y cuya definición buscará inútilmente en el mismo pórtico real, donde se exponen las leyes de la ciudad. Ninguna define el delito de impiedad.

Una tras otra, han ido llegando las partes interesadas del proceso y se colocan en los sitios previstos para su comparecencia frente al arconte. De un lado están los acusadores, y del otro, a unos pasos, Sócrates. Los primeros, van encabezados por Ánito, aunque su liderazgo es encubierto, no de forma, y se encuentra un paso por detrás de los otros dos acusadores. Este hombre de mediana edad, robusta complexión y apretada mandíbula huele al cuero curtido de su negocio. A su llegada, mira fijamente al arconte, como si quisiera recordarle a dónde ha ido a parar el poder en la nueva democracia. No habla. Su presencia, bien lo saben todos, es política.

El segundo de los acusadores es Licón. Mientras permanece de pie un paso por delante de Ánito, un sutil y silencioso movimiento de sus labios delata lo que hace su cabeza. Está repasando mentalmente sus notas. Es él quien se ha encargado de los preparativos para encajar la acusación dentro de las leyes atenienses. Se le da bien. Es el portavoz de los oradores, un técnico de la palabra, frío y distante. A su lado hay un joven que es todo lo contrario de él. Meleto es todo emoción y, ahora, también nervios. El cabello liso le cae sobre la frente pálida, y sus manos trémulas sostienen el rollo de papiro con la acusación. Él tiene la misión de presentar la acusación pública penal (graphé asebeías1) contra Sócrates, cuya atenta mirada se esfuerza en esquivar. Por eso está especialmente nervioso. Por eso trata de mantener una postura digna, pero solo consigue una rigidez ridícula. Por eso, mientras lee, su voz no puede esconder un leve temblor que intenta disfrazar de solemnidad.

A un lado de estos tres, frente al arconte, está Sócrates. Ha cumplido ya setenta años y su constitución sigue siendo robusta, con hombros anchos y un vientre prominente. Está de pie, descalzo —como siempre— sobre el suelo de piedra, e inclina ligeramente la cabeza al dirigir sus ojos saltones de sileno, con incómoda agudeza, a las manos temblorosas de Meleto. Viste su único manto, viejo y gastado, y respira tranquilamente mientras observa la escena con curiosidad ajena, como lo haría un testigo de un suceso que en nada le concierne. Muestra una profunda, pero calmada atención mientras Meleto lee el escrito de acusación.

Lo acusan de “introducir otras divinidades nuevas”. Según Meleto, Sócrates es un fabricante de dioses que inventa divinidades nuevas, no cree en las viejas y, además, corrompe a los jóvenes. Sócrates sonríe, casi sin querer. Allí, en el pórtico del rey que vigila la religión, acusan de impiedad al hombre que se toma el examen del alma más en serio que ningún otro mortal. El que arriesgó la vida por Atenas en Potidea, Anfípolis y Delio, escucha cómo es llamado “corruptor” por sus conciudadanos, y no siente rabia ni rencor. El único sentimiento que asaetea el pecho del hombre sabio en ese instante es una honda decepción, sin resentimientos. Sin embargo, sabe que aquello no va de una disputa retórica o de una de sus discusiones en el ágora. La grave rigidez de Ánito y de Meleto los delata. No priman sus rencores, sino sus intereses y los de otros poderosos ciudadanos. Entiende que se gesta un plan más ambicioso que castigarlo por su aparente arrogancia. No le parece un sinsentido la idea de que, debajo de lo que se ve, se solape la trampa legal diseñada para eliminarlo de la escena ateniense. Y eso solo puede significar el exilio o la muerte.


Al salir del pórtico, Sócrates se tropieza con un conocido de nombre Eutifrón. El hombre, que es adivino, se extraña al ver al filósofo saliendo del edificio.

—¿Tú aquí, Sócrates? ¿Acaso tienes un pleito?

—Más bien, una acusación pública, Eutifrón. Un tal Meleto, un muchacho del demo de Pitos, al que apenas conozco, me acusa de ser un fabricante de dioses y de corromper a los jóvenes. Y a ti ¿qué te trae a este sitio?

Eutifrón tarda en responder, asombrado por la noticia de la acusación de Sócrates pero, a instancias de este, expone su cuestión.

—La ironía de los dioses puede hacer sonreír a dos desgraciados. Acudo al arconte rey justo después de ti por un asunto religioso. Y la impiedad, sin duda, también asoma en la cuestión. La diferencia con tu caso es que no vengo para que me acusen, sino para acusar yo a mi propio padre de homicidio. El que me dio la vida ha dejado morir de frío y de hambre, atado en una zanja, a un jornalero que había matado a un esclavo. Mi familia, como es de esperar, está escandalizada. Dicen que acusar al propio padre es una impiedad. Yo, sin embargo, estoy seguro de que la impiedad sería no hacerlo. ¡No sabré yo lo que es piadoso y lo que no! —concluye su discurso Eutifrón, satisfecho.

—Si sabes cuál es la diferencia entre la piedad y la impiedad, debes de ser un hombre muy afortunado, Eutifrón. Y yo no debo de serlo menos, pues me he encontrado contigo justamente hoy, que he sido acusado de impiedad. Tengo la oportunidad de pedirte que me expliques en qué consiste, y cuál es la diferencia entre lo que es piadoso y lo que no. Quién sabe si tus argumentos me instruirán acerca de lo que es eso de lo que tendré que defenderme.

Eutifrón se ajusta la túnica, arruga el ceño como si la luz de la media mañana le diera justo en el entrecejo, y se aclara la garganta antes de comenzar su accidentada explicación.

—Piadoso, claro está, es lo que agrada a los dioses.

—Pero ¿cómo estar seguro de lo que les agrada, cuando los dioses se pelean entre sí pues lo que agrada a uno enfurece a otro? —objeta Sócrates.

—Pues entonces lo piadoso es lo que agrada a todos —resuelve el adivino.

—¿Y es piadoso porque les agrada, o les agrada porque es piadoso? —vuelve el filósofo a la carga.

Eutifrón sigue intentando explicarse, pero se enreda en sus definiciones, hasta que Sócrates le hace notar que estas se le escapan como las estatuas de Dédalo, que echaban a andar si nadie las ataba, según la leyenda. Al final, Eutifrón recuerda repentinamente que tiene muchísima prisa y se va, dejando a Sócrates la pregunta de qué es la impiedad de la que se le acusa. No se lo ha dicho el adivino y tampoco se lo dirá la ley. Pero por ese delito que nadie sabe definir, en solo unas semanas, quinientos atenienses tendrán que decidir si Sócrates debe o no morir.


De lo anecdótico a lo histórico

El escrito de Meleto se conservó durante siglos en el Metroon, el archivo público de Atenas. En el siglo II d. C., un erudito llamado Favorino aseguró haberlo leído allí, y gracias a él, y a Diógenes Laercio, que lo copió, conocemos su texto: “Esta acusación y declaración jurada la presenta Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitos, contra Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alopece: Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses que reconoce la ciudad y de introducir otras divinidades nuevas; es culpable también de corromper a los jóvenes. Pena propuesta: la muerte”.

Meleto firmaba, y lo respaldaban otros dos acusadores. Uno era Licón, un orador. El otro, Ánito, era un hombre rico, dueño de curtidurías, y uno de los líderes que cuatro años antes habían devuelto la democracia a Atenas tras una etapa de terror. Que un político de su peso sostuviera la escrito de acusación de un poeta desconocido dice mucho de lo que estaba en juego.

La Atenas de 399 a. C. era una ciudad herida. En el año 404 había perdido la guerra contra Esparta, y los vencedores habían instalado en el poder a una junta de treinta oligarcas conocida como los Treinta Tiranos, que en pocos meses mató a unos mil quinientos ciudadanos. Su cabecilla más feroz, Critias, había sido durante años un asiduo de las conversaciones de Sócrates. También lo había sido Alcibíades, el brillante aristócrata que había traicionado a su patria pasándose al bando espartano. Con la reinstauración de la democracia, en el año 403, los atenienses sellaron la paz con una amnistía. Quedaba prohibido perseguir a nadie por lo ocurrido en los años negros. Pero no por impiedad.

Había también otro hecho del pasado que no fue decisivo, pero pudo pesar en el voto que condenaría al sabio en el juicio. Veinticuatro años antes, el comediógrafo Aristófanes había estrenado Las nubes. En la comedia, un Sócrates caricaturizado aparecía suspendido en un cesto para pensar mejor en las cosas del cielo, y enseñaba cómo ganar pleitos con malas artes. Toda Atenas se rio, y una buena parte siguió creyendo un cuarto de siglo después —quién sabe si para siempre— que aquel viejo era exactamente lo que habían visto en la comedia. Un charlatán impío que negaba a los dioses y enseñaba a torcer la justicia. A quienes difundieron esa imagen, el propio Sócrates los llamaría sus “primeros acusadores”. Pero no hay defensa posible contra una caricatura de comedia, contra un delito sin definición, o contra la ignorancia de una gran mayoría.


1- La graphé asebeías era una acusación pública que cualquier ciudadano podía presentar. Se registraba ante el arconte rey, competente en asuntos religiosos. La impiedad no estaba definida en ninguna ley.


Nota aclaratoria

Los hechos de este relato son los que recogen las fuentes antiguas. La acusación de impiedad que presentó Meleto con el respaldo de Ánito y Licón, cuyo texto conservó Diógenes Laercio a partir de Favorino; la derrota ante Esparta, el régimen de los Treinta Tiranos y la amnistía de 403 a. C.; y la sátira de Aristófanes en Las nubes. El aspecto de Sócrates y de Meleto procede de las descripciones de Platón y Jenofonte. El encuentro con Eutifrón es la escena con la que Platón abre su diálogo Eutifrón, una obra literaria y no una crónica, y los diálogos de estas páginas la parafrasean. Están dramatizados la escena en el interior del pórtico, la presencia conjunta de los tres acusadores ante el arconte rey, los gestos, el ambiente y los pensamientos de los personajes.

PRÓXIMO EPISODIO: Sócrates comparece sin abogado ante quinientos atenienses elegidos a suerte. Tiene un solo día para salvar la vida, mientras una clepsidra le mide las palabras gota a gota. Treinta votos lo separarán de la libertad. 


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