Antes de beber la cicuta, Sócrates dice a su amigo Critón —quien le tiene todo listo para que huya y se salve— que no hay que cometer nunca una injusticia, ni siquiera para responder a otra. Para hacerlo razonar, le pregunta si puede sostenerse una ciudad en la que las sentencias de los tribunales no tienen fuerza y cualquiera puede anularlas.
Esta lección de Sócrates, como muchas otras suyas, trasciende los tiempos y la geografía donde fue engendrada. Su actualidad es contundente e inquietante. Que veinticuatro siglos más tarde se esté hablando con ligereza de lawfare (o guerra jurídica) lo confirma. Pero ¿qué significa ese término y qué tiene que ver con Sócrates?
Lawfare es un anglicismo que define el uso abusivo, espurio o ilegal de los procedimientos judiciales y las leyes, manteniendo una apariencia de legalidad, con el fin de inhabilitar, destruir la reputación o provocar el rechazo popular contra un oponente político o militar. Es un término que se ha usado en varios países y entre ellos, el nuestro, no siempre para señalar un abuso real de los procedimientos judiciales. Si así fuera, lo sabríamos. Lo cierto es que se ha usado para señalar procesos judiciales que incomodan a alguna parte de la sociedad civil o del poder político, sin que se haya siquiera intentado probar que se ha cometido alguna irregularidad.
Un cuestionamiento como el que presupone el lawfare puede traer serias consecuencias. Una de ellas es la falta de confianza en el poder judicial y eso, en una democracia, es una señal de alarma peligrosa. Porque cuando los individuos de una sociedad pierden la confianza en la Justicia que se administra en su país, ya no se sienten obligados a cumplir el mandato de la Ley. Y cuando eso sucede, el país está abocado a la desobediencia y, por consiguiente, al desorden. Esa es la lección que nos enseñó Sócrates a costa de su propia vida. Porque la civilización y el orden democrático solo pueden sostenerse desde un sometimiento de todos por igual a las reglas y normas que rigen la convivencia pacífica común. Y eso es el Derecho. Las mismas leyes a las que se sometió Sócrates cuando bebió el veneno, aunque el delito no estuviera definido y la sentencia fuera injusta. Podía haberse salvado, y no sería de ningún modo reprochable que lo hubiera hecho. Al fin y al cabo, la vida es lo más valioso que tenemos, y casi nada de lo que hagamos por salvarla sería censurable. Pero el sabio quiso dejarnos otra lección. Una que vale la pena conservar, en tiempos en que se pregona alegremente el lawfare.
Ante los quinientos
Los amaneceres de primavera sobre el ágora no son sutiles. En cuanto se levanta el sol, empieza a reverberar sobre la piedra caliza y el mármol blanco, y muy pronto estará calentando el aire impregnado de olor a tierra seca, olivos, sudor y humo lejano de los sacrificios de animales domésticos. Pero aún es tierna y fresca la mañana, aunque desde hace rato ya se agolpan los ciudadanos que se han ofrecido como jurados para el juicio de Sócrates.
Unos seis mil ciudadanos, todos mayores de treinta años, se han inscrito ese año como jueces. Para ello, han tenido que prestar el juramento de votar conforme a las leyes y los decretos de la ciudad y, en lo que las leyes no prevean, según su opinión más justa. Esto último será lo que tendrán que hacer los quinientos a los que les toque juzgar a Sócrates, porque ninguna ley define el delito del que ha sido acusado. La impiedad. Así que cada uno de ellos tendrá que decidir por sí mismo lo que significa.
Son multitud los atenienses que se apelotonan en el ágora desde temprano. Esperan saber a qué tribunal les toca acudir. El sorteo decidirá quién ocupa los bancos de madera y quién vuelve a casa sin los tres óbolos de la jornada, que representan medio jornal. Son alfareros, campesinos, tenderos o veteranos de guerra. Muchos de ellos vieron, veinticuatro años atrás, Las nubes, esa comedia de Aristófanes donde se hacía burla de ese anciano filósofo al que hoy tendrán que juzgar. Y se rieron con ganas de aquella grotesca caricatura. Otros enterraron a un hijo o a un hermano en los largos y sangrientos meses de gobierno de los Treinta Tiranos que casi destruyen a Atenas. Entre los Treinta estaba Critias, que había sido durante años asiduo de las conversaciones de Sócrates, como también lo fue Alcibíades, muerto ya en 404.
No hay juez, ni abogados, ni fiscales. Solo un magistrado, el arconte rey, que preside la sesión. Se sienta en el centro del tribunal, ante una mesa baja de madera, donde se apoyan las tablillas de la acusación formal (antomosía) y los dos grandes recipientes que servirán de urnas para los discos de bronce del veredicto. Viste una túnica ceremonial y porta una corona de mirto. A su lado, un esclavo vigila una vasija de barro con agua que gotea sobre otra, situada debajo. La imagen parece una metáfora de cómo se escurre, gota a gota, el tiempo concedido a cada mortal en este mundo, pero se trata de la clepsidra (reloj de agua) que mide el tiempo de cada intervención. Cuando se vacíe, habrá terminado el tiempo destinado a cada parte, y será la hora de la sentencia. El juicio tiene que quedar resuelto antes de que caiga el sol. Cada uno de los que interviene habla por sí mismo, y los jueces reaccionan en voz alta —protestan, ríen, abuchean— y votan al final, sin deliberar entre ellos.
En el espacio intermedio, sobre la tierra batida, hay dispuestas dos plataformas de piedra ligeramente elevadas. Sobre una expondrán sus argumentos los acusadores, y sobre la otra se defenderá el acusado. El primer turno de palabra es para los acusadores, Meleto, Ánito y Licón.
Meleto, ese joven arrogante de barba escasa que escribe versos, repite, ahora sin temblar, lo que leyó ante el arconte rey en la acusación oficial, y advierte al tribunal que tenga cuidado con Sócrates, porque es un orador muy hábil, capaz de engañarlos. Ánito habla con tal prepotencia y autoridad que parecería que él solo devolvió la democracia a la ciudad. Sostiene que Sócrates no debería haber sido llevado nunca ante un tribunal, pero que, puesto que lo está, hay que condenarlo a muerte, porque si sale absuelto, los hijos de los atenienses acabarán todos corrompidos. Licón remata con unas palabras que nadie se molestará en conservar.
Siendo el turno del acusado, sube Sócrates a su plataforma. Lleva el mismo manto gastado de costumbre, y los pies descalzos, como siempre. Su rostro y su cuerpo transmiten una calma que contrasta con las circunstancias. Una sentencia de muerte pende sobre su cabeza.
—Mis acusadores casi me han convencido de que soy un orador temible y, sin embargo, apenas han dicho una palabra verdadera. Yo no sé hablar como se habla en los tribunales. Tengo setenta años y es la primera vez que comparezco ante uno. Así que hablaré como hablo siempre en el ágora, junto a las mesas de los cambistas, y os pido que no arméis, por ello, alboroto.
Habría tenido más éxito si hubiera pedido a la audiencia que alborotase, pues eso hacían mientras Sócrates concluía la frase. Cuando el vocerío se acalla y se transforma otra vez en murmullo, el filósofo vuelve a ejercer, de un modo peculiar, su derecho a la defensa. Dice que antes de responder a Meleto quiere responder a otros acusadores más antiguos y peligrosos, que durante años han hablado de un tal Sócrates, un sabio que investiga lo que hay en el cielo y bajo la tierra y convierte el argumento más débil en el más fuerte. Dice que son difíciles de combatir porque no tienen nombre, salvo uno que es autor de comedias . Y aquí cuenta la historia del oráculo y menciona a Querefonte.
—Ya lo conocéis, era vuestro compañero y se exilió con vosotros —les recuerda a los jueces demócratas—. En Delfos preguntó una vez Querefonte si había alguien más sabio que Sócrates —mientras habla, se escuchan sonoras carcajadas y protestas desde los bancos, así que tiene que pedir calma para poder continuar—. Como no me tenía a mí mismo por sabio, fui a ver a un político con fama de serlo para demostrarle al dios que se equivocaba, y descubrí que el político creía saber mucho y no sabía nada. Entonces me dije: “Yo soy más sabio que este hombre, aunque solo en una cosa pequeña: lo que no sé, tampoco creo saberlo”1. Fui luego a los poetas, que escribían cosas hermosas sin saber explicar lo que querían decir, y a los artesanos, que sabían su oficio pero se creían por ello entendidos en todo lo demás. Así me gané la enemistad de media ciudad. Y los jóvenes ricos que me seguían, por diversión, imitaban mis preguntas y ponían en evidencia a otros, que en vez de enfadarse consigo mismos, se enfadaban conmigo.
En este punto, el filósofo hace una pausa y le pide a Meleto que se acerque, pues la ley permite al acusado interrogar a su acusador. La primera cuestión que le pone delante parece, incluso, inocente. Le pregunta si le importa muchísimo que los jóvenes sean lo mejores posible, y el interrogado responde un evidente “claro”, cayendo en una trampa que no le tiende Sócrates, sino su prepotencia. El filósofo deduce que, si tanto le importa, tiene que saber quién hace mejores a los jóvenes, y ya que ha encontrado, según él, al que los corrompe, debe decir ahora quién los mejora. Meleto calla, y Sócrates deja que el silencio sea, por un momento, el único protagonista, hasta que asesta un contundente golpe verbal a su acusador.
—¿No es vergonzoso, no es la prueba de que en realidad nunca te has preocupado de esto?
“Las leyes”, contesta Meleto mientras se recompone. Pero Sócrates le hace notar su error. No ha preguntado qué, sino quién. Meleto vuelve a intentarlo y, como buen oportunista, aprovecha para agradar a los que tienen que decidir aquel juicio.
—Los jueces —responde el acusador.
—¿Todos? —pregunta Sócrates.
Y, efectivamente, la respuesta de Meleto los incluye a todos. Sócrates sigue preguntando cargo por cargo, persona por persona de toda la ciudad, quién de ellas mejora a los jóvenes, y Meleto responde afirmativamente en cada caso, repartiendo el mérito entre todos los atenienses, no sea que se deje a alguien fuera.
—Según parece, todos los atenienses hacen buenos y honrados a los jóvenes, excepto yo. Solo yo los corrompo. ¿Es eso lo que dices?
Meleto, atrapado, lo confirma, y Sócrates da , entonces, un giro singular a la cuestión y compara a los jóvenes con los caballos. Sobre estos, pregunta a Meleto.
—¿Todo el mundo sabe mejorarlos y uno solo los estropea?
Cualquier ateniense sabría la respuesta a tal pregunta: sucede lo contrario. Solo unos pocos, los entendidos, saben mejorar un caballo, mientras que la mayoría, si lo monta, lo echa a perder. Sócrates no necesita enunciar la conclusión. Todo el tribunal es capaz de entender que educar no es un don de la multitud. Meleto acaba de demostrar que jamás pensó en serio en aquello de lo que acusa al filósofo. Pero Sócrates no ha terminado y le pregunta lo que parece una obviedad: si es mejor vivir entre gente honrada o entre malvados, teniendo en cuenta que los malvados dañan a quienes tienen cerca, mientras los buenos les hacen bien.
—¿Y hay alguien que prefiera que le hagan daño? —interroga Sócrates a Meleto, que duda y calla, así que Sócrates le recuerda que está obligado, por ley, a contestar.
—No, nadie.
El anciano pregunta, entonces, a Meleto si lo acusa de corromper a los jóvenes a propósito, o sin querer. Su interrogado responde que a propósito, y ya puede dar por perdido su argumento.
—¿Y eso, Meleto? ¿Tan sabio eres tú a tu edad, y yo tan ignorante a la mía, que tú sabes que los malvados hacen siempre algún mal a los que tienen más cerca y los buenos algún bien, y yo he llegado a tal grado de ignorancia que no sé que, si hago malvado a alguno de los que me rodean, corro el riesgo de recibir algún daño de él, y por eso cometo a propósito un mal tan grande, como tú dices? Eso no te lo creo, Meleto, y no creo que lo crea nadie. O no corrompo a los jóvenes, o, si los corrompo, lo hago sin querer, de modo que tú mientes en los dos casos. Y si los corrompo sin querer, la ley no manda traer aquí a nadie por faltas involuntarias como esa, sino tomarlo aparte, en privado, para instruirlo y corregirlo; porque está claro que, si me enseñan, dejaré de hacer lo que hago sin querer. Pero tú evitaste tratarme y no quisiste instruirme, y en cambio me traes aquí, adonde la ley manda traer a quienes necesitan castigo, no enseñanza.
Sócrates continúa, así, interrogando a Meleto hasta dejar expuesta la falsedad de sus acusaciones. El acusador se ha contradicho en su propio escrito, pero el viejo filósofo sabe que eso no importará. Y lo dice. Dice que sabe que no lo condenarán por esos argumentos, sino por la enemistad de muchos. Expone que no teme a la muerte. Él no abandonó su puesto en Potidea, en Anfípolis ni en Delio, donde lo pusieron sus generales; y no va a abandonar ahora el que le asignó el dios. Temer la muerte es creerse sabio sin serlo, porque nadie sabe si no es el mayor de los bienes . Entonces pronuncia Sócrates una frase que ningún tribunal ateniense había escuchado hasta ese instante: “Si me absolvierais con la condición de que dejara de filosofar, os diría: atenienses, os aprecio y os quiero, pero obedeceré al dios antes que a vosotros, y mientras tenga aliento no dejaré de hacerlo” . Explica también que nunca se metió en política porque su señal divina se lo impidió. Y con razón —dice—, porque un hombre que se opone de verdad a las injusticias de la mayoría no sobrevive mucho tiempo.
Finalmente, se niega a hacer lo que todos esperan. Según la costumbre, el acusado ha de hacer llorar a sus hijos ante el tribunal. Él tiene tres, pero no los traerá. No por soberbia —explica—, sino porque sería indigno de él y de la ciudad, y porque los jueces no han jurado hacer favores, sino juzgar conforme a las leyes.
El agua de la clepsidra se agota. Hora de la votación. Cada juez deposita su voto, en secreto, en una de dos urnas . El recuento. A favor de la condena, 280 votos. En contra, 220. Sócrates no luce abatido. Dice estar sorprendido de que la diferencia sea tan pequeña. Si solo treinta votos hubieran cambiado de lado, habría salido absuelto. Bromea, incluso. Si Ánito y Licón no se hubieran sumado, Meleto no habría conseguido ni la quinta parte de los votos y tendría que pagar la multa de mil dracmas que la ley impone a quien acusa a la ligera.
Queda fijar la pena, y en este tipo de juicio (timesis2) la ley no la establece. Cada parte propone la suya, y el tribunal elige entre las dos, sin término medio. Meleto ha pedido la muerte. Sócrates debería proponer una alternativa lo bastante dura como para que los jueces la prefieran. Todos esperan que pida el destierro. Pero Sócrates se pregunta en voz alta qué merece un hombre como él, pobre, que ha descuidado sus propios asuntos para intentar hacer mejores a sus conciudadanos. Y él mismo se responde. Que la ciudad lo mantenga a su costa en el Pritaneo, donde se da de comer a los vencedores olímpicos.
—El campeón olímpico os hace parecer felices, y yo os hago serlo.
No es que fuera, precisamente, una frase conciliatoria. Sócrates rechaza la cárcel, rechaza una multa que no puede pagar, rechaza el destierro. Viejo como es, dice, iría de ciudad en ciudad expulsado de todas, porque en todas, los jóvenes acudirían a escucharlo. ¿Y no podría callarse? No, porque eso sería desobedecer al dios, y porque —dice— “una vida sin examen no merece ser vivida por un hombre”.
Al final ofrece una mina de plata, que es todo lo que tiene. Pero sus amigos Platón, Critón, Critobulo y Apolodoro le piden que proponga treinta minas, y se ofrecen como fiadores. Sócrates lo acepta.
Ocurre la segunda votación. Esta vez, la muerte es la opción ganadora. Ochenta jueces que antes lo habían declarado inocente votan ahora por la pena capital. Unos 360 votos contra 1403. Sócrates no se calla. A los que lo han condenado les anuncia que después de él vendrán muchos más que los examinen, y más jóvenes y más duros. A los que lo han absuelto les cuenta que en ningún momento, a lo largo de todo el día, su señal divina se ha opuesto a nada, lo que le hace pensar que lo que le ocurre es un bien. Les dice que la muerte es una de dos cosas. Un sueño sin sueños, lo que sería una ganancia porque pocas noches de la vida son mejores que esa. O un viaje a otro lugar donde están los muertos. Así podría conversar con Orfeo, Hesíodo, Homero, Palamedes y Áyax, que también murieron por un juicio injusto, y seguir examinando allí quién es sabio y quién cree serlo . A un hombre bueno —razona con ellos— no puede sucederle nada malo, ni en vida ni muerto. Y se despide: “Pero es hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor, es algo oculto para todos, excepto para el dios”4.
A la salida del tribunal, Apolodoro, un admirador sencillo y apasionado, le dice llorando que lo que más le duele es verlo morir injustamente. Sócrates le acaricia la cabeza y le pregunta, con una sonrisa en los labios: “¿Preferirías verme morir justamente?” .
Treinta días
Esa misma tarde, los servidores de los Once, los magistrados encargados de la cárcel y de las ejecuciones, se lo llevan. Aunque la ley preveía que la ejecución se hiciera enseguida, una coincidencia del calendario religioso la retrasó. La víspera del juicio, el sacerdote de Apolo coronó de flores la popa de la nave sagrada que Atenas envía cada año a Delos. Mientras el barco no regrese, la ciudad debe mantenerse pura. En una ciudad pura no se ejecuta a nadie. Pero los vientos retrasan el regreso y, mientras, Sócrates conversa con sus amigos en la celda en la que espera la ejecución de su sentencia. Por primera vez en su vida, se dedica a escribir, y pone en verso fábulas de Esopo.
Una madrugada, casi un mes después, su amigo Critón entra en la celda y encuentra a Sócrates durmiendo tan apaciblemente que no se atreve a despertarlo. Se sienta a contemplarlo en la penumbra, y cuando el filósofo abre los ojos, le da la noticia. Se sabe que el barco llegará ese día. Por eso él viene con la fuga preparada y pagada. Trae el dinero para los sobornos, el camino previsto, y los nombres de los amigos en Tesalia que están dispuestos a acogerlo. Sócrates solo tiene que decir que sí, pero, para desconcierto y dolor de su amigo, dice que no.
Sócrates, compasivo, le pide que razonen con calma, como siempre. No importa lo que piense la mayoría, sino lo que piense el que sabe. No hay que cometer nunca una injusticia, ni siquiera para responder a otra. Le pide que imagine que, en el momento de escapar, se le presentan las Leyes de Atenas y le preguntan si pretende destruirlas. ¿Puede sostenerse una ciudad en la que las sentencias de los tribunales no tienen fuerza y cualquiera puede anularlas? Dice el sabio que las Leyes le recuerdan que gracias a ellas sus padres se casaron, y él fue criado y educado. Si no le gustaban, tuvo ocasión de abandonar Atenas a lo largo de setenta años, y no lo hizo. En el juicio pudo pedir el destierro, y prefirió la muerte. ¿Cómo va a huir ahora como un esclavo, rompiendo el pacto que aceptó? Y concluye, tajante. “Tanto en la guerra como en el tribunal y en cualquier parte, hay que hacer lo que la ciudad y la patria ordenen, o bien persuadirla de dónde está la justicia por naturaleza; pero violentar a la madre o al padre no es piadoso, y mucho menos todavía a la patria5”.
Al alba del último día, la celda de Sócrates está llena. Jantipa, su esposa, llora con el hijo pequeño en brazos, y la acompañan a casa. Sócrates se frota la pierna, recién liberada de los grilletes, y comenta lo extrañamente que se mezclan el dolor y el placer. Durante horas, habla sobre el alma. Al caer la tarde toma un baño, para ahorrar a las mujeres el trabajo de lavar su cadáver.
El servidor de los Once entra en la celda, se despide de él confesándole entre lágrimas, mientras se marcha, que es el hombre más noble y bueno que ha pasado por aquel lugar. Critón le ruega que espere, que el sol todavía no se pone tras los montes. Pero Sócrates pide la copa. La bebe sin un temblor siquiera, como el que apura un vaso de agua. Sus amigos, sin poder contenerse más, estallan en llanto, y él los reprende con afecto. Siguiendo las instrucciones que le han dado, camina hasta que siente pesadas las piernas, y entonces se tumba. El hombre que ha traído el veneno le aprieta el pie y le pregunta si lo siente. No lo siente. El frío va subiendo despacio, y antes de que llegue al corazón, Sócrates se descubre el rostro.
—Critón —alerta a su amigo—, le debemos un gallo a Asclepio. Pagádselo y no lo descuidéis.
Son las últimas palabras del hombre al que el oráculo calificó como el más sabio de sus contemporáneos.
De lo anecdótico a lo histórico
Casi todo el contenido narrado anteriormente procede de Platón, quien estuvo en el juicio —recordemos que es uno de los fiadores de las treinta minas—, pero no en la muerte de Sócrates. Su Apología no es una transcripción. Es una reconstrucción literaria creada por un devoto discípulo. La escena de la cicuta es un relato de oídas. Jenofonte, otro importante testigo de la vida de Sócrates, escribió su propia Apología, pero en el año 399 a. C. estaba lejos de Atenas.
El procedimiento, en cambio, sí está documentado: la composición del tribunal popular (dikastérion), el voto sin deliberación y la decisión sin necesidad de motivación. También está documentado que no había recurso posible, y que todo se resolvía en un día, algo que el propio Sócrates reprochó a sus jueces. En otros lugares, les dijo, la ley prohíbe decidir en una sola jornada las causas en que se juega la vida de un hombre. Y consta que la pena no estaba fijada por la ley y el tribunal elegía entre la propuesta del acusador y la del condenado. Para Sócrates, pedir el destierro habría sido la opción prudente. Pedir el Pritaneo, en cambio, era negarse a jugar. Según Diógenes Laercio (una fuente muy posterior), la provocación le costó ochenta votos más en la segunda votación.
Hay una frase que muchos ponen en boca de Sócrates el momento antes de beber la cicuta: “Dura lex, sed lex”, “la ley es dura, pero es la ley”. Según lo que consta, no la pronunció nunca. No aparece en Platón ni en ninguna fuente griega. Es un aforismo latino cuyo antecedente es un comentario del jurista romano Ulpiano, del siglo III d. C., recogido en el Digesto: “esto es ciertamente muy duro, pero así está escrita la ley”. Lo que sí dice el Sócrates del Critón es que a la ley de la propia ciudad se la persuade o se la obedece.
También es posible que la muerte del filósofo no fuera tan serena como la describen. El veneno era la cicuta mayor (Conium maculatum), que suele provocar náuseas, vómitos y convulsiones, síntomas que el Fedón no menciona. Es probable que Platón nos legara en sus páginas la muerte que Sócrates merecía. Y se la agradecemos.
Hay autores que mencionan una paradoja en la decisión final de Sócrates, relacionada con dos episodios de su vida. El primero de esos episodios lo recordó el propio Sócrates en su defensa. Recuerda a sus jueces que en 406 a. C., cuando formaba parte de la presidencia rotatoria del Consejo, la Asamblea quiso juzgar en bloque a los generales de la batalla naval de las Arginusas, acusados de no rescatar a los náufragos, lo cual era ilegal. Cada acusado tenía derecho a un juicio individual, y Sócrates fue el único de los presidentes que se negó a tal juicio. El otro sucedió años después, bajo el régimen de los Treinta Tiranos. En esa ocasión, Sócrates desobedeció la orden de detener a León de Salamina para que lo ejecutaran. La paradoja, entonces, para esos autores que la señalan, consiste en que el hombre que se enfrentó a la Asamblea para defender la legalidad, y el que desobedeció a los tiranos, aceptó morir por una sentencia injusta dictada conforme a Derecho.
Muchos otros estudiosos no ven contradicción alguna, y esta servidora que aquí escribe, tampoco. Entre la orden de un régimen ilegítimo (los Treinta) y la sentencia de un tribunal legítimo (aunque se equivoque) hay un océano de diferencia, que nadie distinguiría mejor que Sócrates. En las Arginusas, lo que rechazó fue una decisión ilegal, aunque viniera de un órgano legítimo; en la cárcel, aceptó una decisión legal, aunque fuera injusta. Esa distinción entre legalidad y legitimidad sigue ocupando a los juristas veinticuatro siglos después.
Nota aclaratoria
Los hechos de este relato son los que recogen las fuentes antiguas, principalmente la Apología, el Critón y el Fedón de Platón y la Apología de Jenofonte: el tribunal de unos quinientos ciudadanos, el veredicto de 280 votos contra 220, la propuesta del Pritaneo y la fianza de treinta minas, la condena a muerte, el aplazamiento por la nave de Delos, la oferta de fuga de Critón y la muerte por cicuta. Las frases entre comillas atribuidas a Sócrates son citas de esas obras con traducciones propias, excepto donde se indica lo contrario en notas al pie. El resto de los diálogos parafrasea los textos de Platón. La cifra de la segunda votación procede de Diógenes Laercio, una fuente muy posterior. Platón estuvo presente en el juicio, pero no en la muerte de Sócrates. Están dramatizados el ambiente, los gestos, los pensamientos de los personajes y la descripción del tribunal y de la celda.
Notas al pie:
(1) Platón, Apología, 20e-21d. La frase popular “solo sé que no sé nada” no aparece así en Platón. Esta es la formulación más cercana.
(2) Era un agón timetós, un proceso con pena por determinar.
(3) Diógenes Laercio, II, 42. Es una fuente muy posterior. El dato no se puede comprobar.
(4) Platón, Apología de Sócrates (trad. de Julio Calonge Ruiz; Madrid: Editorial Gredos, 1981), 42a.
(5) Platón, Critón (trad. de Julio Calonge Ruiz; Madrid: Editorial Gredos, 1981), 51b.