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HISTORIAS DEL DERECHO. Episodio 1. La defensa de las ratas, y una cerda asesina

Un tribunal francés medieval nombra abogado defensor para unas ratas acusadas de arrasar una cosecha, y una cerda que mata a un bebé es sentenciada por un tribunal y ejecutada por un verdugo. Este episodio va de la época en la que los animales se sentaban en el banquillo.

Barthélemy de Chasseneuz defiende a las ratas acusadas de devorar la cosecha de cebada de la región.

De cuando los humanos actuaron como animales 

El 14 de febrero de 2026, viandantes del Barrio Chino de Buenos Aires llamaron a la policía para denunciar algo que a los agentes debió de sonar a broma pesada. Una adolescente perseguía a los transeúntes en la vía pública, se aproximaba a olfatear sus piernas y, acto seguido, los mordía. Al llegar al sitio, los efectivos encontraron a una chica de 16 años con una máscara de felino, guantes que simulaban garras y un accesorio a modo de cola. La acompañaba un grupo de jóvenes que se movían en cuatro patas y compartían la misma “estética”. La joven fue demorada y trasladada a la dependencia policial. Se evaluó el estado de las víctimas y se iniciaron actuaciones por lesiones. No intervino zoonosis, ni hubo dardos tranquilizantes. Por mucho que la joven se sintiera y se comportara como un felino, a ojos del Código Penal seguía siendo —oh, sorpresa— un ser humano.

La menor argentina en cuestión pertenecía a esa especie de “tribu urbana moderna” llamada therian, del inglés therianthropy (del griego thērion, bestia, y ánthropos, ser humano), cuyas raíces se remontan a comunidades digitales de los años noventa, donde personas de distintos países compartían, en foros y listas de correo, la sensación de que su identidad interior estaba unida a la de un animal concreto, su “teriotipo”: un lobo, un zorro, un felino y un largo etcétera.

Las personas que pertenecen a esta subcultura social insisten —necesitan hacerlo— en que no están actuando. Según ellos, sienten en algún nivel esencial que son ese animal. Esto no impide que, cuando llevan ese sentimiento a la acción y les da por morder a alguien, la respuesta del Estado sea exactamente la misma que para cualquier otra agresión ejecutada por un humano —faltaría más—.

De cuando los animales fueron juzgados como humanos

Hubo una época, sin embargo, en la que no eran los humanos disfrazados de animales los que “comparecían” ante un juez, sino los propios animales que, con abogado defensor incluido, eran juzgados por sus “crímenes”.

Este tipo de juicios, por mucho que hoy despierte incredulidad, sucedió a lo largo de la Europa medieval durante un periodo de tiempo mucho más extenso de lo que cabría suponer. Entre sus antecedentes aparece una figura del Derecho romano, la actio de pauperie, que establecía que, si un cuadrúpedo causaba un daño, su dueño podía elegir entre pagar la indemnización o entregar directamente el animal al perjudicado (la llamada noxae deditio). La intención no era juzgar la culpa moral de la bestia, sino algo más parecido a una cuestión ritual. En esencia, se trataba de restaurar el orden roto por la sangre humana derramada, mediante la muerte del animal causante de la desgracia. Esa lógica sobrevivió, sorprendentemente, hasta el siglo XIX en Inglaterra, en la figura legal del deodand (“dado a Dios”), por la que un objeto o animal causante de una muerte era confiscado. Otro antecedente se remonta a una norma bíblica muy antigua, la del “buey corneador” (Éxodo 21:28), que ordenaba lapidar al buey que hubiera matado a una persona, sin que importara demasiado si el animal había “querido” hacerlo. De hecho, la teología dominante en la Edad Media, apoyada en San Agustín y Santo Tomás de Aquino, sostenía que los animales tenían alma sensitiva pero no razón, y, por tanto, difícilmente podían “querer” el mal.

Con estas bases jurídicas, entre los siglos XIV y XVIII, media Europa organizó procesos judiciales completos, con jueces, abogados y sentencias, contra vacas, caballos, cerdos e incluso contra plagas de insectos. Y de todos los casos que pudieron protagonizar tan estrambóticos acusados, ninguno ha viajado tan lejos en la imaginación popular como el que, supuestamente, protagonizó un joven abogado francés al defender a… un batallón de ratas.

Había una vez, un joven letrado llamado Barthélemy de Chasseneuz

La historia, tal como se cuenta desde hace generaciones, ocurrió en Autun, en la Borgoña francesa. Ante el tribunal eclesiástico local fueron citadas formalmente a comparecer unas… ratas de campo, acusadas de devorar la cosecha de cebada de toda la región. La defensa de las presuntas y diminutas delincuentes fue encargada a un joven letrado llamado Barthélemy de Chasseneuz, quien se convertiría en leyenda del gremio, según la tradición, gracias a su extraordinario desempeño en el caso.

Llegado el día del juicio, sucedió que —raro, raro— no se presentó ninguna rata. El tribunal, tal y como disponía la ley, se dispuso a juzgarlas en rebeldía. Fue entonces cuando Chasseneuz, cumpliendo diligentemente su misión como defensor, se puso en pie y argumentó que sus clientas, dispersas por decenas de aldeas del territorio, no habían sido notificadas de forma individual, y que un único edicto clavado en la puerta de la catedral no bastaba para avisar a cada una de ellas. El tribunal —cómo no— le dio la razón y ordenó que la citación se pregonara en voz alta desde cada púlpito de la comarca, aldea por aldea. A ver si ahora las presuntas delincuentes no se iban a dar por enteradas.

Por fin, el día de la nueva citación llegó; pero las acusadas, no. De nuevo se dio el —extraño— caso de que ni una sola rata compareció. Chasseneuz, tan diligente como la vez anterior, volvió a levantarse para alegar esta vez que sus representadas sí habían tenido intención de acudir. Sin embargo, el tribunal debía tener en cuenta que el trayecto era mortalmente peligroso para ellas. Los caminos estaban infestados de “enemigos mortales al acecho” —léase, gatos— y no podía exigirse a nadie que arriesgara la vida para cumplir con una citación judicial. Como no había lógica que se opusiera a un argumento tan razonable como ese, el tribunal le concedió una nueva prórroga.

Si Chasseneuz logró por fin que alguna de sus representadas compareciera llevándola de su mano ante el tribunal, si consiguió probar la inocencia del conjunto de acusadas o si, en cambio, tuvo que demostrar que todas ellas habían perecido en tan aciago traslado, nada de eso llegó a trascender. Tampoco se conoce que el proceso concluyera con una sentencia.

Del cuento a la realidad

Este relato jurídico, probablemente el más contado de todo el anecdotario medieval sobre animales, circula en manuales de Derecho, en cursos de introducción al Derecho penal y en anecdotarios jurídicos de medio mundo. Casi siempre desde la admiración al joven abogado que, a fuerza de ingenio procesal puro, logró salvar a sus clientes roedores sin necesidad de negar el crimen ni presentar una sola prueba a su favor.

La verdad, aunque sea desalentadora, es que no hay ninguna evidencia sólida que sostenga la veracidad del suceso, o que Barthélemy de Chasseneuz sea el protagonista, aunque sí hay una abundante documentación sobre él. Fue un jurista de gran prestigio, nacido en 1480, formado en Dole, Turín y Pavía, que ejerció como procurador del rey en Autun y que terminó su carrera como presidente del Parlamento de Aix-en-Provence, uno de los cargos judiciales más importantes de la Francia de su tiempo. Se sabe que en ninguno de sus propios escritos jurídicos mencionó el episodio de las ratas. Existen, además, distintas versiones sobre cuándo habría ocurrido el suceso. Unas lo sitúan en 1457, otras en 1487, otras en 1522.

Sin embargo, lo valioso de la anécdota es lo que de ella perdura. En efecto, durante alrededor de cuatro siglos se llevaron a cabo procesos judiciales contra animales, con abogados y garantías formales. Hay casos con respaldo documental sólido que lo confirman. El más citado por los historiadores académicos es el de la cerda de Falaise.

Para cerrar, un relato de terror. La cerda de Falaise

Sucedió en 1386 en Falaise, una de las ciudades medievales y fortalezas militares más importantes de toda Normandía. Una cerda que había matado a un bebé fue detenida, custodiada y alimentada durante nueve días de proceso. El animal dispuso de un defensor formalmente asignado a su causa, en la que la cerda fue, finalmente, declarada culpable. Antes de su ejecución fue vestida con ropa humana —chaqueta, calzones, guantes blancos en las patas delanteras— y mutilada imitando las heridas que le propinó a la víctima. Finalmente, fue ejecutada públicamente en la horca. Tras el siniestro acto de “justicia”, el vizconde local encargó un gran fresco en la iglesia de la Santa Trinidad de Falaise para perpetuar el suceso. La pintura se perdió —compasivamente— en 1820, cuando la iglesia fue blanqueada con cal. Sin embargo, no se echó en falta para probar la veracidad de la anécdota. Pocas veces la Historia del Derecho medieval nos deja, además del relato, una documentación que incluye hasta el recibo mismo del verdugo.

Epílogo

Debemos al pensamiento racionalista —el mismo que llevaría después a Beccaria a exigir proporcionalidad y prueba en las penas contra los seres humanos— el mérito de haber ido arrinconando la idea de que un animal pudiera ser, en sentido jurídico, sujeto de culpa. El último proceso documentado contra un animal doméstico en Europa data ya del siglo XIX, y para entonces se había asentado con fuerza el principio que plantea que solo puede responder penalmente quien tiene capacidad para entender lo que hace y para decidir libremente hacerlo o no. Es lo que el Derecho moderno llama imputabilidad.


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