La fila de proxenetas (lenones) espera detrás del denso y pesado cortinaje de seda púrpura que tapa los accesos al Consistorio del palacio de Dafne, el corazón del complejo palaciego llamado Sacro Palacio de Constantinopla. Es en el Consistorio donde tienen lugar las audiencias solemnes que involucran a civiles bajo juramento. El silencio es tan denso que apenas lo roza el chasqueo de las botas de los excubitores, los soldados de élite que, con sus túnicas blancas, sus corazas doradas, sus lanzas y sus escudos, lucen, al mismo tiempo, fieros y distinguidos.
Teodora preside la gran sala absidial. Apenas ha cumplido los veintiocho, y hace ya un año que fue coronada emperatriz del Imperio romano de Oriente, en el 527, junto a su marido, el emperador Justiniano. Está sentada sobre el trono elevado y porta la clámide, el largo y pesado manto de púrpura tiria que, rematado por el tablion de brocado de oro polícromo, denota su rango supremo. Lo mismo hace el ancho collar rígido (maniakis) de oro, cuajado de piedras preciosas incrustadas, que cubre parte de su pecho, y la diadema imperial de oro y pedrería sobre el tocado de tela rígida. Todo está creado para hacer de la emperatriz la personificación misma de la Maiestas (la majestad del Estado).
Bajo el considerable peso de esos relucientes fastos, la rigidez con la que se sostiene el rostro pálido y extraordinariamente hermoso de Teodora la hace lucir como una estatua, una efigie severa de autoridad, de ojos fulminantes. Sólo esos enormes y abismales ojos oscuros, que resplandecen tanto o más que las joyas, delatan la intensidad de la mujer que vive bajo la opulencia de ese atuendo.
Justo antes de que la fila de lenones o proxenetas sea conducida ante su presencia, la emperatriz Teodora se deleita observando la magnificencia del salón del Consistorio. Disfruta de sus dorados mosaicos, que irisan oportunamente la luz del enorme salón y hacen resplandecer las bóvedas y los suelos de mármol proconeso veteado de gris y verde. También la satisface el aparatoso ceremonial protocolario que ocurre, como una impecable representación teatral, bajo ese regio decorado. Donde nació y creció, sólo había mugre, miseria y tosquedad. Por eso, la hija del cuidador de fieras del hipódromo, huérfana a los cinco años y, a los dieciséis, convertida en la actriz y prostituta más famosa de Constantinopla, es capaz ahora de aquilatar cada centímetro de la opulenta exquisitez de la corte bizantina.
Se abre el pesado cortinaje (vela) por una de las entradas y los admissionales hacen entrar a los proxenetas en una impecable fila. Son hombres bastos, de los bajos fondos de la capital, y se verían feroces si no caminaran atemorizados, escoltados por soldados. Se detienen en cuanto divisan a la emperatriz, a la que no se atreven a mirar. En este punto están obligados a realizar la postración (proskynesis o prostratio). Tienen que arrodillarse por completo y besar el suelo. Teodora la exige incluso a los senadores; para hombres de su ralea, negarse es impensable. Allí postrados, con la frente sobre el mármol del suelo, algunas espaldas se sacuden con estertores de llanto. No es poco lo que algunos de ellos están a punto de perder.
Frente a estos hombres hay una hilera de jóvenes —niñas, algunas— vestidas con toscas túnicas, con rostros que se debaten entre el terror y la esperanza. Algunas son campesinas, otras han nacido en cualquier ciudad del imperio, pero todas tienen algo en común. Cada una de ellas puede ver en la fila de enfrente a su «dueño». Ese que la compró a sus padres por el precio de un año de comida, o por saldar una deuda. Las hay huérfanas, que no tuvieron otro remedio que vender su única posesión para poder sobrevivir. Su cuerpo a cambio de comida. Si alguien ha sentido en su boca la hiel de esa esclavitud, es la propia emperatriz.
Teodora hace un gesto muy leve y el Gran Prepósito del Dormitorio Sagrado (Praepositus Sacri Cubiculi), el eunuco principal de la corte, hace otro gesto indicándole al delegado del Maestro de los Oficios (Magister Officiorum), encargado de controlar la seguridad y el orden de la audiencia, que proceda con el juramento.
Ante la orden del delegado del Maestro de los Oficios, el Escribano y el Notario imperial (exceptor) ocupan sus puestos en la representación, con tablillas de cera y rollos de papiro, listos para registrar los juramentos. Mientras, los Silenciarios (Silentiarii), oficiales de la corte encargados de mantener el orden absoluto y el silencio reverencial en la sala, cumplen su función y evitan que se escuche siquiera un susurro sin que haya sido autorizado por la Augusta y Pía emperatriz Teodora. Es ella quien rompe el silencio al dirigirse a los proxenetas.
—A vosotros, lenones, que ya he honrado inmerecidamente al permitiros besar el mármol de este suelo, os ordeno confesar con veracidad, bajo juramento imperial, el precio que habéis pagado por estas mujeres. Os será devuelta hasta la última de las monedas que os costaron, y os marcharéis agradecidos de conservar vida, libertad y dinero —la voz de la emperatriz ha sonado clara y firme, como una amenaza, y sus ojos parecen arder mientras desplaza la mirada sobre aquellos hombres que no se atreven a levantar las suyas.
El Notario imperial lee entonces la fórmula del iuramentum corporale (en el que quienes juran tienen que tocar físicamente los textos sagrados):
—Juráis por Dios Todopoderoso, por los cuatro Santos Evangelios que vuestras manos tocan, y por la salvación y victoria de nuestros piadosísimos soberanos, Justiniano y Teodora Augustos, decir la verdad sin dolo ni ocultación.
Mientras un oficial de la corte sostiene los Santos Evangelios, cada uno de los proxenetas coloca la mano derecha sobre los textos sagrados y confiesa el precio que ha pagado por la chica. A alguno, dueño de media docena de chicas, se le doblan las piernas y se le quiebra la voz mientras pronuncia el juramento. Está arruinado. Otros tienen la tentación de mentir, pero más les vale no hacerlo. El perjurio ante la Augusta, bajo juramento imperial, podría costarles incluso la vida. Los proxenetas confiesan haber pagado cinco monedas de oro (solidi) por cada muchacha.
Una vez declarada la suma, le toca actuar a Teodora. El plan de la emperatriz no responde a sus deseos, sino a la ley. Aunque aborrece a los proxenetas, no les aplica el castigo que ella considera justo para sus viles acciones. Ni siquiera arrebata a las chicas de sus garras. Ella sabe que la ley, tal como se aplica, los ampara. Una ley injusta para esas mujeres. Una ley que necesita ser cambiada, sí, pero ley al fin y al cabo. Así que Teodora no hace un uso arbitrario de su poder, ni quebranta la legalidad. Más bien, hace que su cancillería ejecute un acto de justicia distributiva. Rescinde el contrato de servidumbre de las prostitutas mediante el pago público de las cinco monedas de oro a cada proxeneta. El dinero procede del patrimonio privado de la emperatriz (res privata). El Notario imperial da fe de la devolución del dinero (restitutio) y de la extinción de todo compromiso sobre las chicas, y anota: «Que conste en las actas oficiales (gesta) de la Sacra Audiencia que, habiendo recibido la suma de cinco solidi de oro de las arcas de la Augusta, queda extinguido todo pretendido derecho, dominio o servidumbre sobre la persona de la mujer. Se declara que es y permanece ingenua, es decir, nacida libre, con plena libertad civil».
Acto seguido, los oficiales de las arcas privadas de la emperatriz cuentan los solidi, se los entregan a los proxenetas y rompen legalmente el «contrato de compra» original donde consta que han comprado a las chicas.
Después, otros oficiales imperiales hacen avanzar a las muchachas, a quienes los eunucos de Teodora, personalmente, les entregan una túnica nueva y limpia, junto con una moneda de oro a cada una. Son regalos utilitarios. Se trata de que las chicas cuenten con un mínimo de recursos para empezar una nueva vida. Pero son también el símbolo de su nueva condición de ciudadanas libres bajo el amparo imperial.
Ellas intentan guardar la solemnidad del momento, pero sus rostros desbordan una incrédula dicha, y algunas secan tímidamente las lágrimas en sus mejillas. No quieren importunar a su benefactora, esa piadosa emperatriz que se ha convertido en un ángel protector para ellas. Lo que no saben es que la Pía Augusta se complace en sus lágrimas de felicidad, y puede comprender como nadie la dicha que las invade.
Como colofón, el Notario imperial lee en voz alta la orden de la emperatriz:
—Por orden de la piadosísima Augusta Teodora, en nombre de nuestros soberanos, queda terminantemente prohibida en esta ciudad imperial la actividad de los lenones (proxenetas). Quien en adelante retenga a mujeres contra su voluntad, exija sumas por su libertad o promueva la prostitución coactiva será despojado de sus bienes, sufrirá penas corporales y será expulsado perpetuamente de la capital. Así se ordena, y así conste.
De la anécdota a la Historia
La escena anterior es una recreación que hace esta autora a partir de un texto del historiador contemporáneo de los hechos, Juan Malalas, en su Cronografía. El cronista recoge que ciertos proxenetas iban a la búsqueda de hijas de familias pobres y se las llevaban a cambio de un juramento y unas monedas. También es Historia, y no recreación, que Teodora hizo que detuvieran a estos hombres y los llevaran a comparecer ante ella para que declararan, bajo juramento, el precio que habían pagado por esas chicas. Cuenta Malalas que después de devolverles el importe —cinco monedas de oro—, la emperatriz prohibió el proxenetismo y despidió a cada muchacha con un vestido nuevo y una moneda de oro.
Pero ¿por qué una emperatriz joven y recién sentada en el trono del Imperio romano de Oriente se toma como prioridad la proscripción del proxenetismo? ¿Por qué hace de la defensa de las mujeres y de la protección de las más desfavorecidas, especialmente las prostitutas, una de las principales misiones de su gobierno? Para responder a estas preguntas es preciso retroceder hasta el nacimiento y la infancia de la que iba a convertirse en la esposa del emperador Justiniano y, a partir de entonces, en emperatriz de los romanos.
Lo que hoy sabemos de la vida de Teodora antes de su matrimonio con Justiniano se lo debemos, en mayor medida, a Procopio de Cesarea, otro historiador contemporáneo de los hechos quien, por demás, no fue precisamente el cronista más amable con ella —más bien, todo lo contrario—. Según lo que se conoce, Teodora nace alrededor del año 500, con toda probabilidad en la capital del Imperio romano (Constantinopla / Bizancio), de un padre cuyo oficio era el de cuidador de fieras del Hipódromo, y de una madre con un posible pasado de actriz —lo cual equivalía a ser prostituta, en la época—.
Al infortunio de haber nacido en lo más bajo de la sociedad bizantina, Teodora suma la desgracia de quedarse huérfana de padre muy temprano (con unos cinco años). Y si ya vivían precariamente antes de esto, cuando Acacio (el padre) muere, su viuda y madre de las tres niñas nacidas del matrimonio (de las que Teodora era la del medio) quedan en la calle y sin más recursos para sobrevivir que la mendicidad. La madre intenta solventar esa circunstancia volviéndose a casar y, probablemente, eso les permite sobrevivir. Pero nada más, porque la mayor de las tres hermanas (Comitó) empieza a trabajar como actriz (y prostituta, claro) en el teatro antes de cumplir los catorce años. Y la pequeña Teodora, unos dos años menor que Comitó, ya hace entonces de aprendiz y ayudante de su hermana. Procopio escribe que Teodora carga un pequeño taburete que necesita la hermana mayor para sus interpretaciones. También cuenta que, al ser muy delgada y menuda, a Teodora no se le permite ejercer como actriz hasta que su cuerpo no se desarrolla. También dice que es voluntariosa y que le sobra en carácter lo que le falta en figura. Y que ya desde entonces se perfila en su rostro una belleza que luego se hará célebre.
Con esas cualidades, a los dieciséis años Teodora se convierte en la más famosa de las actrices de la capital con un acto que causa sensación en la escena y en la sociedad bizantina. Teodora representa un número basado en la leyenda griega de Leda y el Cisne en la que ella interpreta a Leda. Zeus, transformado en un hermoso cisne blanco, finge huir de un águila y, buscando refugio, se arroja a los brazos de Leda, quien lo acoge con ternura para protegerlo. Aprovechando el momento de intimidad, Zeus consuma la unión con la reina espartana. El ingenio escénico de Teodora convierte al cisne en un gran ganso blanco —lo que tiene a mano— y en el acto queda casi desnuda por completo, tendida sobre la escena, mientras el ave entrenada para el espectáculo comienza a picotear de su cuerpo las semillas que ella ha ido poniendo sutilmente en las partes más sensibles. Mientras esto sucede, ella se retuerce y gime, entre el dolor y el placer, y los espectadores aplauden y gritan con exaltado fervor.
La anécdota tiene de mi cosecha, en parte. Pero es Procopio de Cesarea quien narra el éxito teatral de Teodora con muchos epítetos que han sido considerados, incluso, pornográficos (¡en estos tiempos!) y que no repetiremos porque son fútiles, vejatorios e innecesarios. Lo cierto es que ese éxito nacido de la desgracia de ser pobre y prostituta en la Constantinopla de aquellos días llevará a la actriz a otra desgracia aún mayor.
Los estudiosos apuntan que, después de aquello, Teodora viaja a la Pentápolis libia (en el norte de África) como concubina de un funcionario de la administración imperial, un tirio llamado Hecebolo, que la abandonó a su suerte, según Procopio, «sin lo más básico». Así que la exactriz se ve obligada a vender su cuerpo para poder comer. Recorre «todo el Oriente», según Procopio, ejerciendo en cada ciudad su oficio, pero esta vez se vende a la mugre, a lo más bajo y basto de las provincias orientales. Pasa también por Alejandría, y es posible que su estancia en esta ciudad marcara su conversión espiritual y su abandono definitivo de la prostitución y del teatro. Esa conversión puede estar relacionada con el patriarca de Alejandría Timoteo III, a quien, según Juan de Nikiu (un obispo egipcio del siglo VII), Teodora consideraba su padre espiritual. Bien por esto o por razones que se desconocen, lo cierto es que a partir de entonces no hay más referencias a que vuelva a ejercer su antiguo oficio. Una tradición tardía y de escaso crédito la sitúa hilando lana para ganarse la vida a su regreso a Bizancio. Y ninguna fuente, ni siquiera Procopio, le atribuye infidelidades después de su matrimonio con Justiniano.
No está claro cómo, a su regreso a Bizancio, se cruzan los caminos de la exactriz y el sobrino del emperador. Lo que sí cuenta Procopio es que Justiniano «concibió un violento amor por ella» y, aunque en un inicio Teodora es sólo amante, él la eleva a la dignidad de patricia, y la colma de riqueza y de poder.
En este momento Justiniano no es todavía emperador, aunque le falta poco. Hijo de campesinos de una aldea de los Balcanes, había llegado a Constantinopla de la mano de su tío Justino, un soldado casi analfabeto que en el 518 había pasado de jefe de los excubitores (la guardia de palacio) al trono. Sin hijos propios, Justino adopta a su sobrino y lo convierte en su mano derecha y heredero. Según Procopio, en los últimos años de su reinado quien gobierna en realidad es Justiniano.
Aun teniendo tanto poder, Justiniano no puede hacer lo que más desea, casarse con su adorada amante Teodora. Dos importantes obstáculos se lo impiden. El primero, la tía Eufemia, emperatriz y esposa de Justino. La señora se niega rotundamente a aceptar a Teodora en la familia, por su origen. Procopio, agrio con todo y con todos, no deja pasar la ironía y recuerda que la propia emperatriz había sido esclava y concubina del hombre que la compró, y que ni siquiera llegó a Palacio con su nombre verdadero —Lupicina era su nombre, de lupa o loba, como llamaban los romanos a las prostitutas—. Aunque Eufemia siente gran afecto por su sobrino e hijo adoptivo y en todo lo complace, en esto no cede. Y mientras ella vive, a Justiniano no le queda más remedio que acatar y postergar sus planes de matrimonio con Teodora.
El segundo obstáculo que enfrenta la pareja es la ley. Desde los tiempos de Augusto, los senadores tenían prohibido casarse con actrices, y las leyes de Constantino habían echado más trancas a esa puerta. Teodora arrastraba la infamia, una mancha jurídica que perseguía a las mujeres de la escena aunque hubieran abandonado el oficio.
Sucede entonces que Eufemia muere (hacia el 524), y Justiniano, sin pérdida de tiempo, hace que su tío firme una ley que permita a las actrices arrepentidas, que hayan dejado el teatro y lleven una vida honesta, pedir al emperador una gracia especial para casarse con hombres de cualquier rango. Y la ley —en la que se puede vislumbrar también la mano de Teodora— va incluso más lejos. Borra «toda mancha» anterior para las mujeres que han alcanzado alguna dignidad. Oportunamente, Teodora puede acogerse a esta ley, pues ya Justiniano le ha dado el rango de patricia. Con estos «ajustes», por fin, hacia el año 525, Teodora y Justiniano sacralizan su unión en un matrimonio que el imperio no olvidará.
Dos años más tarde, el 1 de abril del 527, en Jueves Santo, un Justino ya anciano y enfermo asocia a su sobrino al trono. Cuando Justino muere, el 1 de agosto de ese mismo año, la hija del cuidador de osos del Hipódromo se convierte en la mujer más poderosa del mundo romano al ser coronada Augusta junto a su esposo. Comienza así un reinado a dos voces porque, a pesar de que su célebre belleza la predestina a ser una consorte decorativa, Teodora tiene su propia corte, su propia fortuna, su propia red de lealtades y participa activamente en la toma de decisiones de Estado. Y Justiniano no oculta que la escucha. Lo proclama. En una ley del 535 la llama «partícipe de nuestras deliberaciones» y obliga a los gobernadores a jurar fidelidad a los dos soberanos. Hasta Procopio, acerbo hasta el insulto con la emperatriz, admite que «en su vida en común nunca actuaron el uno sin el otro»7.
De esa colaboración, y gracias al recorrido vital de esa extraordinaria y brillante mujer que fue Teodora —odiada y amada hasta el delirio, y también llena de luces y de sombras— nace un conjunto de leyes sin precedentes en defensa de las mujeres.
El 1 de diciembre del 535, la Novela 14 convierte en ley general. Su preámbulo describe a los proxenetas que recorren las provincias seduciendo a muchachas pobres con promesas de ropa y calzado. La ley declara nulos los contratos y las fianzas con que las ataban al burdel, expulsa a los lenones de Constantinopla, castiga con la muerte a quien retenga a una muchacha contra su voluntad y confisca la casa a quien, a sabiendas, se la alquile.
Dos años después, la Novela 51 libera a las actrices. Una ley anterior ya había anulado las fianzas que las obligaban a seguir en la escena, y ahora tampoco el juramento puede atarlas a ella. Quien se lo exija pagará diez libras de oro, que irán a parar a la propia mujer. Pero incluso antes, en el 533, ya se ha endurecido la ley contra el rapto. El raptor y sus cómplices serán castigados con la muerte aunque la mujer haya consentido, sus bienes pasarán a la víctima y ya no podrá librarse del castigo casándose con ella, ni siquiera con el permiso de los padres8.
No hay atropello al que no se enfrente Teodora. Más allá de proteger a las actrices y las prostitutas en general, se ocupa de la mujer en todos los ámbitos. También en el de la familia. El Derecho romano lleva ya siglos dejando el destino de la mujer a merced del marido y de los parientes de este. Así que en el 530 y el 531, Justiniano —se sobreentiende la mano de Teodora detrás— otorga a la esposa una garantía sobre los bienes del marido para asegurar la restitución de su dote, cuya satisfacción pasa a tener preferencia frente a las deudas de casi cualquier otro acreedor, incluso de aquellos cuyos créditos fueran anteriores. La dote, a menudo el único patrimonio de la mujer, deja así de desaparecer con la ruina o la muerte del marido.
Las Novelas de 536 y 542 limitan el repudio a una lista tasada de causas y sancionan a quien disuelva el matrimonio sin una justificación legal. Si lo hace el esposo, pierde la donación nupcial en beneficio de la esposa. Y si es ella quien rompe el vínculo, pierde la dote.
Poco después, en 543, la Novela 118 pone fin a un principio heredado de las Doce Tablas. En las sucesiones sin testamento dejan de tener preferencia los parientes de la línea paterna, y el parentesco por vía materna pasa a recibir exactamente el mismo reconocimiento jurídico. La misma ley antepone a la madre y a la abuela a cualquier pariente varón como tutoras de los hijos y los nietos, siempre que renuncien a volver a casarse.
Aunque ninguna de estas leyes lleva la firma de Teodora, pues la emperatriz no podía legislar, todavía hoy los historiadores debaten hasta dónde llegó su mano. Y más allá de la especulación están los hechos. Para las mujeres del Imperio romano hubo un antes y un después de Teodora, y no fueron pocas las que se beneficiaron de las leyes que se escribieron gracias a ella y perduraron durante siglos. Esas leyes quedaron recogidas en la obra jurídica más importante que nos ha legado la Antigüedad, y que todavía hoy sostiene buena parte del Derecho de Occidente: el Corpus Iuris Civilis de Justiniano.
Esa es, precisamente, la segunda parte de esta historia. En la próxima entrega hablaremos sobre el Corpus Iuris Civilis, de cómo se gestó y de por qué, sin Teodora, no hubieran sido posible ni las leyes a favor de las mujeres, ni tampoco, quizás, el propio Corpus.